Mi blog.

Dentro de muchos años entraré aquí y será mi particular baúl (digital) de los recuerdos (no digitales).

domingo, 29 de septiembre de 2013

Pertenecer. Lo más prodigioso que tienen los Tiggers.

¡Lo que hay de prodigio en los Tigger,
es lo prodigiosos que son!
¡De goma son sus cabezas!
¡Sus colas de resorte son!
¡Y bailan, brincan, saltan, botan cual jamás se viooooo!

¡Lo más prodigioso que tienen los Tiggers es que no hay más que yo! 
¡Síííííí! ¡No hay más que yo!

I guess we all like to belong sometimes.


Pertenecer: "ser parte integrante de algo". Sólo puedo pensar en el Bernabéu iluminado, vacío pero lleno de espíritu. Lo que más me gustó de esa noche fue asomarme desde la terraza a las gradas y sentirme parte de algo. Pertenecer. No había un alma, hacía frío y era de noche. Y, sin embargo, el estadio vacío era capaz de transmitir las victorias y derrotas celebradas y sufridas en equipo. En grupo. En masa si quieres.

Cuando separas las claras de las yemas para cocinar y juntas las yemas con el azúcar, la mezcla huele tan bien que ni siquiera echándole chocolate mejoras su olor. Supongo que la levadura pertenece a los bizcochos y el chocolate a los brownies.

Perteneced. Vosotros. Pertenece. Tú. A algo, a un coro, a una orquesta, a un equipo de fútbol, a un grupo de amigos, al espíritu de una fiesta. A una persona. Déjate ser. Pertenezco, ¿yo?

Intuyo que el problema es que se les ha perdido el respeto a las lágrimas. O puede que nunca nadie respetara a los que lloran. Pero equiparar sensibilidad con debilidad me parece de cortos de miras. Tantas palabras con las misma terminación que significan cosas muy diferentes, ¿qué puede hacernos pensar que el sensible es débil? Levantan los dedos y señalan entre risas al que llora. Es evolución. No sabe vivir. Se lo ha tomado demasiado en serio.

¿Quién se cree? ¡Llorando en público! ¡Habrase visto semejante estropicio! Y aprendemos a llorar para dentro. Ahogarnos las penas. En soledad. Quizás, con suerte, ahogarnos mutuamente en las penas. Pero siempre en privado.

Los seres humanos somos esponjas emocionales: nuestra capacidad es absorber los estados de ánimos de las historias que presenciamos o nos cuentan o de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Si todas las emocionas las absorbes sin dejar escapar in una gota, acabarás empapado en tristezas e incapaz de ver más allá de tus lágrimas, internas, siempre.

Y yo, sinceramente, no sé si está bien o mal sentir. Si es bueno o malo existir. Si debo o no preguntarme tantas cosas los domingos antes de ir a dormir, pero te aseguro que a veces estoy tan tranquila haciendo mi vida cuando me invade un vacío existencial terrible. Y siento que se drenan las lágrimas para dentro, para dentro, para dentro. Se secan las esponjas y la mente se aclara, no hay nubes en el horizonte. (Aparentemente). Pero el pecho empieza a pesar más y más y me doy cuenta de que las penas ahogadas son el peso, y que se han ido demasiado al fondo como para sacarlas estrujándome las historias en la compañía adecuada.

Y a veces temo que se queden ahí para siempre, haciendo su aparición en el momento más (menos) oportuno. Y a veces temo que se quedan. Se quedan. Están. Pertenecen. Me pertenecen, lo quiera o no.

Pero me gusta la lluvia porque puedo saltar sobre los charcos y nadie pregunta por la calle qué estoy cantando; porque nadie pasea cuando llueve. Y luego pienso que todo tiene que ser por hormonas y ya estudiaré sobre ello cuando termine lo que estoy haciendo ahora, porque yo quiero que mis hijas entiendan la pesadez de sus piernas y los agujeros existenciales sin sentido.

Y es probable que no seamos más que las historias que les contemos dentro de 50 años a nuestros nietos, si es que los llegamos a tener. Pero, dime tú, ¿qué pasará con todo lo que he pensado, he vivido, he sufrido, he cantado, he sentido cuando me muera?

Sabía que las experiencias eran finitas y limitadas. Sabía que el tiempo era limitado. Pero me gustaría saber también que todo lo que no es biodegradable de nosotros sirve para algo. O no. Probablemente no. Probablemente da igual si he visto a un niño sonreírme hace un par de días o si tú viste naves en llamas más allá de Orión. Porque, ¿qué será de todo lo vivido después? El niño me olvidará igual que yo he olvidado a todos los extraños con que me he cruzado a lo largo de mi vida. Y yo me olvidaré de tus naves ardiendo. Y dentro de 100 años ni siquiera se sabrá que existimos. Que fuimos. Qué fuimos. ¿Fuimos? Fui(mos). ¿Soy?. ¿Somos?

Aunque, a lo mejor, el problema es una ventaja. A lo mejor que seamos únicos es bueno. Lo es. Tiene que serlo. Seres únicos capaces, sin embargo, de pertenecer a diversos conjuntos.

Y, en cualquier caso, ¿a quién le importan las naves ardiendo cuando tiene una sonrisa querida y un edredón a mano y la lluvia como banda sonora?

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