Mi blog.

Dentro de muchos años entraré aquí y será mi particular baúl (digital) de los recuerdos (no digitales).

miércoles, 17 de octubre de 2012

Pasa, pasado.

María se cruzaba con su pasado todos los jueves, por la mañana, más concretamente a las 8:03 o 8:04, cuando pasaba por delante del kiosko. Uno puede cruzarse a diario con su pasado, saludarle y seguir a lo suyo. Tal vez con una sonrisa nostálgica, tal vez con algo de melancolía o puede que incluso con una radiante sonrisa fruto de saberse en un presente más feliz y augurarse un futuro aún más feliz. María le saludaba todas las mañanas y luego nunca volvía la vista atrás. Al pasado sólo se le debe mirar de frente, a los ojos. Cuando quede atrás no debes volverte a verlo, porque podrías acabar perdiéndote un futuro futuro mejor que pase por delante en ese preciso momento. Menudo oportunista es el futuro.

Aquel día fue distinto. María escuchaba una canción cualquiera en ese aparato divino que es un MP3. Ni siquiera un MP4, ella sólo quería música. Y un MP3 con sus canciones favoritas era todo lo que necesitaba. Justo cuando iba a cruzar por delante del kiosko, empezó a sonar una canción. De esas que adoramos normalmente, están en todas nuestras listas de favoritos pero, algunos días, sin motivo aparente, no podemos soportar escucharlas. Cogió el aparato y estaba pasando a la siguiente canción cuando se chocó contra su pasado.

Choque frontal. Y cayó hacia atrás, físicamente. Y cayó hacia atrás, en el tiempo. Una cara, un olor, una imagen, unas palabras. A veces basta muy poco para hacernos tropezar y resbalar contra el pasado. Qué resbaladizo es el pasado y cuántas ganas suele tener de atraernos a todos a sí mismo. María se cayó. El pasado la miró desde arriba, se alegró de volver a verla, de volver a tocarla. El encuentro le rejuveneció. Se sentía casi presente. Y es que el pasado es anciano y sólo busca la compañía de un presente, de un futuro que le anime, que le devuelva la vitalidad del ahora, del mañana.

recompuso su pelo, se colocó los cascos. Todo esto una vez se hubo levantado, claro está. Al caer, la mayoría de las personas se preocupa primero por levantarse y comprobar cuántos (si es que hay alguno) le han visto caer. El sentido del ridículo es tan profundo que hasta llega a preocuparnos el qué pensarán. Ya no el qué dirán, sino el qué pensarán. No se le había caído nada del bolso, así que no le costó demasiado volver a la rutina, con 2 minutos de retraso.

Si no fuera...

Si no fuera porque la atracción del pasado, como cualquier atracción, como cualquier fuerza con carácter atractivo, es proporcional a la distancia. Y María se había acercado demasiado a su pasado. Es cierto que no fue culpa suya. Fue él quien cambió su posición, quien se interpuso en su camino, quien buscó forzar un encuentro casual a toda costa. Un encuentro causal. Añoraba su compañía.

Ese día fue distinto. A las 11:34, la hora del desayuno, María todavía no había puesto un pie en la oficina. Unos dijeron que era viernes, que probablemente se habría pasado la noche de fiesta. Otros pensaron que se habría quedado dormida en casa de su amiga, de su amante, de su marido. Unos pocos se atrevieron a defenderla haciendo uso de los pretextos más típicos: 'estará enferma' (con la consiguiente charla posterior sobre el tiempo y lo terrible que estaba haciendo esos últimos días), 'Se habrá quedado dormida', 'Seguro que ha pillado atasco' (para luego criticar el nefasto estado de las carreteras y la saturación de las mismas en hroa punta), 'se los ha comido mi perro'.

Llama mucho la atención lo imaginativos que podemos ser cuando se trata de vidas ajenas. Cualquier problema parece tener solución si es otro quien lo sufre. Y cuanto más empatizamos con alguien, cuanto mejor conocemos su situación y más aprecio tenemos a ese alguien, más nos cuesta encontrar un 'consejo categórico', como el imperativo. María siempre había sabido que su kioskero debía casarse con la floristera, que estaban hechos uno para otro, y que lo suyo era un proceso irreversible, de manera que ralentizarlo no era sino ponerle trabas a la felicidad futura que podría ser adquirida en el presente. Y lo sabía tan bien porque nunca había cruzado más que 'formalidades' con ellos. 'Hola, buenos días', 'Muchas gracias', '¿Cuánto cuestan las rosas?', '¿Sabe qué película trae mañana el periódico?'. Desde la protección que brinda un usted pronunciado a tiempo, María se sentía segura. Y sabía perfectamente lo que Mario y Margarita debían hacer.

A Margarita la bautizaron sus padres antes de saber que sería floristera, en una de esas casualidades del destino. O tal vez ésta fue una causalidad, y Margarita sólo se hizo floristera por su nombre.

Eran las 12:55, apenas quedaba media hora para comer. Y María seguía en aquel kiosko, mirando al cielo, esperando. Esperando. Esperando. Esperando... ¿qué? ¿Un milagro? ¿Una señal? ¿Un marciano que le obligara a tomar las riendas de su vida? ¿Una aparición mariana? ¿Un viaje astral?

María esperaba contemplando el pasado, sin darse cuenta de todo el presente que iba consumiendo y, con ello, y como es lógico, convirtiendo en pasado sólo por pensar en lo que no debía.

Dieron las 3 de la tarde. Nadie la llamó en todo el día. Crea fama y échate a dormir. Y ella que siempre había sido tan responsable, si ahora faltaba a todas sus citas, sería por enfermedad o 'motivos personales'. Lo interesante de los motivos personales es que son la excusa mundial. Engloban cualquier tipo de otras excusas. Nadie puede negarse a un 'no, no puedo, lo siento, tengo problemas familiares' 'No vine por motivos personales'. Familia, personal...

No lloraba, no se arrepentía. Sólo contemplaba ojiplática cómo habían ido pasando los años. A veces una sonrisa le subía a los labios. Otras veces eran las lágrimas quienes acompañaban su hilo de pensamientos, o nudos de garganta quienes punzaban cuales agujas. La mayoría de las veces era asombro.

¿Cuántos sucesos del pasado has olvidado ya? Y no me refiero a qué cenaste anoche (pregunta que, probablemente y dado que anoche no fue fin de semana ni harías anda especial para cenar casi con total seguridad, te costará mucho responder) o a cuánto sacaste en tu último examen de la carrera, si decidiste correr.

Por fin nos dieron las doce. A ella y a nosotros. O, en este caso, la una. Con los surcos de las lágrimas no vertidas en las mejillas, los hoyuelos de las sonrisas recordadas y la presión de los nudos de garganta no aflojados, se levantó y se dispuso a volver al presente. ¿Cuánto presente habría desperdiciado? Era la única manera, de eso estaba segura. Durmió toda la noche.

El día siguiente era jueves, volvió a cruzarse con el pasado, de lejos y a saludarle a las 8:03 de la mañana. Nadie le preguntó por su pasado inmediato en el pasado. Todo ese presente hecho añicos para recordar el pasado quedó guardado en un rinconcito de su mente, hecho añicos. Unas vacaciones de menos de 24 horas para rememorar lo que fue. Y hacer balance.

Y es que tantas veces basta con salir de la línea temporal aprovechando la relatividad del tiempo-espacio y sentarse a pensar en una esquinita de la deformación creada por el paso del tiempo para poder seguir adelante más tarde. Y es que a veces chocarse de frente con el pasado es la única manera de entender el presente. Dejar atrás los recuerdos del atrás, y seguir hacia delante algo más ligeros. Desfragmentar el disco duro de los recuerdos y tirar a la basura todos los que no sirvan para nada. Desinstalar personas obsoletas y hacer espacio para los futuros que quieran venir.

Pasa, pesado. Quiero decir, pasado.

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