Mi blog.

Dentro de muchos años entraré aquí y será mi particular baúl (digital) de los recuerdos (no digitales).

miércoles, 21 de marzo de 2012

El cielo lloraba con ella.

La lluvia bañaba su cara con cada paso que daba. Se mezclaba con sus lágrimas y le corría, un poco más, el rímmel.

No, la lluvia no era una metáfora de su estado de ánimo, ella no estaba triste por la lluvia. Adoraba los días de lluvia. Y no, el cielo no estaba gris como sus ánimos. El cielo estaba gris porque era Abril. Y En Sevilla, en Abril, llueve. Ya lo dice el refrán, en Abril aguas mil. En Abril llueve en todos los países hispanohablantes. Eso es así, porque lo que diga el refranero popular es Ley de Vida. Los negros nubarrones que la sobrevolaran no eran un augurio de su futuro y el hecho de que no se escuchara ningún pájaro no tenía nada que ver con que ella no tuviera los ánimos para ponerse a cantar.

Ella caminaba, ya lo sabemos, bajo la lluvia, llorando. Pero por favor, no pienses que los charcos reflejaban su amargura, ni que la calle estaba desierta como su corazón. No pienses por un momento que ella se sentía como una gota, sola entre miles de gotas más, cientos de personas más, todas idénticas. No vayas a creer que su paraguas era el más llamativo de todos ni que el amor de su vida se enamoró de ella por llevar unas botas de agua con un 'Ese no es el charco que estás buscando' escrito. Ni ninguna otra frikada sumamente atractiva. Tampoco llevaba unas Converse gastadas y viejas, con esa frase de esa canción (sí, precisamente esa frase que estás pensando tú ahora mismo) escrita en el canto, no era tan tonta como no proteger sus pies del frío. Sus vaqueros no se balanceaban con el vaivén de su corazón, no estaban desgastados los bajos, como su relación, ni tampoco tenían rotos en las rodillas, como su corazón. De hecho, no había hecho pedazos las fotos, no había hecho una hoguera con las flores secas y, ni siquiera, había tirado a la basura (del ordenador) todos los e-mails.

No, no llevaba la melena al viento, libre como anticipo de su futura libertad. ¿Qué te crees? Con la lluvia el pelo se pega a los ojos, a los labios se mete en la nariz y resulta incómodo. Llevaba una coleta alta, despeinada y medio mojada. Pero no, la coleta no era alta como su espíritu, ni estaba deshecha como sus ánimos. De hecho el movimiento compulsivo del brazo hacia la frente para quitar los pelos que salían de la coleta se asemejaba a un tic nervioso y le restaba el mínimo atractivo que pudiera tener, teniendo en cuenta que llevaba el abrigo mal abotonado y se le salía la camiseta por un lado.

No acostumbraba a basar su felicidad en bienes económicos inalcanzables para poder ir quejándose de sus desgracias por la vida. No se planteaba y replanteaba situaciones ocurridas, ni tampoco iba montando escenarios en su mente de lo que podría ser pero jamás sería. Los escaparates no reflejaban por igual la miseria que la habitaba a ella y a sus bolsillos. Y tampoco las hojas caían a su paso como luto por su estado de ánimo. No había nadie tocando una bonita melodía depresiva al violín para ponerle banda sonora a sus lágrimas y el amor de su vida no iba a chocarse con ella y tirarle los libros para luego conocerla y poder enamorarse y vivir juntos y felices para siempre.

¿Que por qué lloraba? Parece mentira que no lo sepas todavía. Había recibido un duro golpe. En medio de la clase con el profesor más duro le habían contado la historia más divertida que puedas imaginar. Una de esas historias que te cuentan y te invade, te conquista, te seduce, te somete y te hace empezar a vibrar sin quererlo, sin poder evitarlo. Risa de la que hace saltar las lágrimas y sonrisa de la que hace saltar las sonrisas de otros. Había pasado los últimos 40 minutos (qué divertido eso de decir 'últimos' y '40 minutos' en la misma frase. Como si fueran pocos) aguantando la risa. ¿Quién no sería magdalena en su situación?

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