Mi blog.

Dentro de muchos años entraré aquí y será mi particular baúl (digital) de los recuerdos (no digitales).

jueves, 15 de septiembre de 2011

Se puso tacones,

Se puso tacones, para colocarse unos centímetros más lejos de la realidad. Se puso sus tacones favoritos, los más altos, los que jamás le hicieron daño. Esos con los que sentía que las cosas irían a mejor. No se puso gafas, ese día no tenía necesidad de recordar todos los detalles. De hecho, teniendo en cuenta el día que la esperaba, ir sin gafas era la mejor elección que había tomado. Así los recuerdos se tornaban borrosos más rápidamente y el tiempo traía el olvido antes.
Se puso unos vaqueros ya algo viejos y su mejor camiseta. Claro que su imagen no era lo importante. Salió de casa. Había olvidado los cascos. Quería echarse a llorar, pero se había maquillado explícitamente para que su coquetería le impidiera entrar en crisis. Todo por no llevar un Rímmel corrido. Muchos la habían tachado de frívola cuando explicaba sus razones, pero es que cuando de ese tema se trataba, sus lágrimas sólo decidían quedarse en casa si se había esmerado mucho con el maquillaje. Volvió a casa y recuperó el mp3. Sabía que sin música el día sería mucho peor, así que probablemente mereciera la pena llegar un poco tarde.
Salió a la calle vestida como una más. Una más de las muchas que viven evitando su vida. Que le dan esquinazo a la realidad cada vez que pueden. De las que viven por obligación y sueñan con otra realidad que no es la suya. Pero sin decidirse a hacer algo por enmendar sus vidas. Quería cambiar las cosas, eso lo tenía claro desde hacía ya casi un año, pero no sabía cómo. O más bien le daba miedo el cambio. Le daba miedo tomar las riendas de su vida y no poder culpar a nadie si las cosas salían mal.
Llegó, por fin, algo acalorada y con el pelo desmejorado. Se atusó las puntas y reorganizó los mechones más rebeldes. Y entró. Gritos. Otra vez quería echarse a llorar. Pero sabía que no debía. De hecho sabía que no podía. Aguantó el tipo, o más bien aguantó al tipo hasta que su turno terminó. Hasta que su vaso de aguante personal le amenazó con desbordar. Entonces caminó hasta ellos, les despidió con la mejor sonrisa de que fue capaz, y se encaminó a la puerta. Se puso cascos para no escuchar los gritos que a su alrededor se vertían. Para evadirse de una realidad poco placentera. De su realidad.
Y volvió a casa. En el mismo metro, la misma distancia, misma dirección, sentido contrario. Como las fuerzas del principio acción-reacción. Era la primera vez que pensaba en eso. Sus viajes siempre eran vectores opuestos y probablemente por eso su vida no llegaba a ningún destino. Sonrió. Se acordó de él y de lo mucho que le habría gustado oír su última reflexión. Él siempre entendía su humor. Bueno, ya no. Torció el gesto cediendo a una sonrisa amarga y zarandeó la cabeza en un intento fallido de sacarle de su mente. Hoy no era un buen día para acordarse de él.
Llegó a su parada, por fin y bajó. Caminó hasta casa, inmersa en pensamientos sin importancia. Pensamientos de los que llenan la mente y la ocupan e impiden pensar en lo verdaderamente importante. Pensamientos creados por el subconsciente para protegernos de los recuerdos más dolorosos o de pensar en un futuro que se augura más bien negro. Entró y, por fin, cerró la puerta consigo dentro. Apoyó su espalda en la puerta y lanzó un suspiro. No había nadie para escucharla, pero lo había visto en muchas películas y le gustaba imitarlas para que su vida no pareciera tan caótica. Ojalá las barreras físicas también lograran contener la mente. Ojalá los sentimientos fueran tan fáciles de bloquear.

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