Y esa gota colmó su vaso. Y así, sin poder evitarlo pero casi a conciencia, decidió derrumbarse. En medio de la estación. En un murmullo constante y frenético. Hipo y lágrimas. No le salían las palabras. Pero daba igual porque no había nadie para escuchar. No le hubieran salido las palabras delante de nadie. Estaba sola, en medio de una estación repleta de gente atareada. Soledad en compañía, la peor de las soledades.
Sólo él observaba. Sólo él la observaba. Se acercó. No quería que ella se avergonzase, pero era incapaz de no consolar un alma en pena.
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