Mi blog.

Dentro de muchos años entraré aquí y será mi particular baúl (digital) de los recuerdos (no digitales).

domingo, 22 de enero de 2012

Regadera

Regar unas plantas secas era la única concesión que le hacía al pasado.

Soñaba con salir de la rutina, pero le costaba la misma vida salir de la cama a diario. Demasiado como para cambiar algo más que de calcetines. Cada paso era una victoria sobre el pasado. Cada paso era una derrota frente al futuro. Ella, ella. Siempre se había visto como una ejecutiva de éxito a los 26. Ahora vivía en un ático viejo en el casco antiguo. 

Regar unas plantas secas era la única concesión que le hacía al pasado. Su pez, Mandarino, hacía mucho que no la saludaba al entrar. Se compró un pez porque su casera no le permitía tener animales. Quería una tortuga para llamarla Casiopea y que la ayudara a esconderse de los hombres grises. Esos que entran en tu vida y sin miramiento alguno te roban tu tiempo y se van. Cuando leyó Momo siempre pensó que esa clase de hombres no existían, que lo que Michael Ende había querido mostrar era todo el tiempo que se perdía en el trabajo y cómo habíamos dejado de lado las cosas importantes: el factor humano, el amor, las personas.. Ahora se daba cuenta de que no era así. Los hombres grises tenían existencia real, fuera de ese libro de 200 páginas que cogía polvo en algún estante de su cuarto. Y ella había tenido la desgracia de toparse con varios en los últimos años.

De pequeñita creía que los dragones y las hadas existían. Sólo que no se mostrarían jamás en la ciudad. Cada verano, en el campo, se pasaba horas caminando entre árboles y buscando los protagonistas de sus libros de fantasía. ¡Pobrecita! ¡Menuda decepción el enterarse que lo más cercano a un hada que vería sería su sobrina en carnaval! Ya ni hablar de los dragones. Siempre había querido montar uno y surcar los cielos, como Atreyu. Viajar hasta el fin de su mundo imaginario. Llegar a los límites de su imaginación a los lomos de un dragón tan simpático como Fujur. O sobre Buckbeak, pero él era (¿es?) un hipogrifo.

Ahora que era madura, que no es lo mismo que ser mayor, había asumido que lo más mágico que vería pasar sería un mes sin números rojos en su cuenta. Antes cantaba. De día y de noche. Ahora cada día menos. Su mente zumbaba a diario. Miles de pensamientos gaseosos que entrechocaban unos con otros. Y nunca sacaba nada en claro. Muchas veces pensó que precipitaría, pero nunca llegaba a los límites de saturación. Siempre podía encontrar algo más que aumentara la concentración de problemas sin disolver a su mezcla mental, siempre había algo más. Pero la mezcla jamás precipitaba. Un batidor manual o imaginario lo removía todo bien para que el disolvente que era su aguante ante las trabas de la vida aguantara otro golpe más, y otro y otro.

Algunas noches le recordaba antes de dormir. En esos 5 minutos de debilidad, de duermevela que separan la conciencia del despertar (o del no dormir) del subconsciente de los sueños. Esos cinco minutos en los que el subconsciente domina y el cerebro baja las defensas para poder dormir. Y le pensaba, sin querer, queriendo. Y le olvidaba cada mañana. O eso se decía a sí misma cada mañana.

Muchos días desayunaba huevos revueltos, como su pelo; o tortitas, metáfora comestible de las bofetadas de la vida. Café no, que ya tenía demasiada tensión como para añadirle cafeína al día. Leche, caliente. Contemplar la calle en soledad, tras una ventana de madera con plantas secas es muy bohemio, pero ella hubiera preferido hacerlo en un piso más moderno, acompañada.

Cogía siempre la misma regadera. Plateada, de aluminio. La rellenaba hasta la mitad. Al fin y al cabo las plantas no iban a revivir por echarles más agua. Ella era una regadera en sí. Estaba como una regadera, pero no físicamente. Vertía pensamientos por la boca, la nariz y los ojos. Sobre todo agua por los ojos, como una regadera. Pero en el contenido, no en el continente. Y regaba las plantas. De la pequeña a la mayor. Como si por tener un orden en los pequeños detalles que conforman la rutina fuera a poner orden en su vida.

Regar unas plantas secas era la única concesión que le hacía al pasado. Pero, ¿dónde había puesto la regadera esta mañana?

2 comentarios:

  1. Me encanta leerte, es una pequeña delicia. Gracias por seguir escribiendo :)

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