Mi blog.

Dentro de muchos años entraré aquí y será mi particular baúl (digital) de los recuerdos (no digitales).

domingo, 2 de octubre de 2011

Guardaba las apariencias en el armario, al llegar y quitarse la careta.

Albergaba sus esperanzas (de cristal) en cajones llenos de algodón. Para que no se le rompieran. Para que no se las rompieran. Para mantenerlas intactas por muy vanas que fueran. Cada domingo, cuando recordaba que había pasado una semana entera y sus esperanzas no se habían cumplido, abría los cajones y las observaba. Intactas. Como si el tiempo no pasara por ellas. Era un verdadero ejercicio de autocontrol el mero hecho de no empotrarlas contra la pared. Pero él seguía creyendo que un día se harían realidad sus sueños. Así que se limitaba a sacarlas, airearlas y quitarles el polvo. Y volverlas a guardar. Otra semana más. No llevaba la cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que tuvo que empezar a envolver sus esperanzas y empaquetar sus sueños. Había perdido la cuenta hacía muchos años. Y tenía verdadero pavor a apuntar las fechas y obligarse así a asumir el paso de los años.
También guardaba el rencor. En tarrinas herméticas, para que nadie se contagiara de este virus tan letal. Tupperware con cierre al vacío para que no escaparan los malos sentimientos. Guardaba muchas cosas. Algunos decían que tenía un principio de Síndrome de Diógenes. Él prefería verse como un acumulador de recuerda-recuerdos.
Y también guardaba los recuerdos. En su mente. Y por escrito. Temía que algún día su mente los considerara inútiles y le hiciera olvidarlos. Así que pasaba horas escribiendo cada detalle. Y acumulando. Acumulando basura, tesoros, inutilidades e ideas. Acumulando basura, según el resto del mundo. Y es que, probablemente, nuestros objetos más preciados no significan nada para todos los demás. Porque son las personas las que dan valor a los objetos. Y él daba valor a más objetos de lo 'normal'.
Guardaba las apariencias en el armario, al llegar y quitarse la careta. Con esto se evitaba que rumorearan más de lo necesario sobre sus asuntos. Los que querían tomarle por enfermo solían hablar de él a sus espaldas. 'Está loco'. 'Tiene la casa llena de basura'. 'Es un maleducado, no saluda'. Él no entendía por qué los que le insultaban por detrás podrían querer que él les saludara. Ni siquiera entendía cómo podían pretender que él les saludara. Pero 'los demás' no ocupaban demasiado tiempo sus pensamientos. Él seguía con la rutina. Con su rutina.
Soñaba con ella. Soñaba con conocerla y tener hijos. Y tener nietos. Pero todo eran sueños. Y por el momento sólo podía dedicar su tiempo a acumular historias que contar a sus nietos. A esos nietos que no conocía. Y que probablemente jamás llegaría a conocer. Pero también sobre esto procuraba no pensar.
Se dejaba asaltar por las dudas los lunes por la mañana. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Soy feliz? ¿Dónde quiero llegar? ¿En qué me he convertido? ¿Era esto lo que quería? El resto de la semana la rutina ejercía de opio para el raciocinio. Sólo quedaba espacio para pensar en la acción inmediatamente siguiente a la que se estaba realizando. Y el día a día cobraba una monotonía nada atrayente. Pero ya se había acostumbrado.
Ahora su rutina era rutina. Se había hecho a la rutina. Porque la rutina nunca se hace a uno. Y la vida le resultaba más simple. Es lo bueno de la repetición. Puede resultar monótona, aburrida, cansina, agotadora o incluso deleznable, pero es fácil de seguir. Ya no le costaba vivir. Ya no tenía problemas. Y con el fin de los problemas había llegado el fin de sus fuerzas para luchar. Ahora sólo era capaz de vivir. Sin luchar por una vida mejor. Una de las desgracias de los que se dejan aplastar por la monotonía.
Años atrás había leído 'Momo'. Y le había gustado mucho. En la inocencia de la infancia se había jurado no convertirse jamás en uno de esos adultos que se dejan robar por los hombres grises. Ahora la edad le nublaba y le impedía darse cuenta de que se había convertido en uno más. Ya no salía a pasear, ni pintaba. Ya no escribía ni leía. Tampoco quedaba más que lo sumamente necesario para no perder el contacto con los pocos allegados que le quedaban. Y aún así le seguía faltando el tiempo. Un día quiso ser basurero del tiempo, ahora invertía su tiempo en basura. Ahora su tiempo era basura. Y él, ciego de la realidad, se negaba a asumirlo.

4 comentarios:

  1. Me ha encantado. Nada más que añadir, no hace falta. Está perfecta. Sobre todo me gusta como empieza: "Albergaba sus esperanzas (de cristal) en cajones llenos de algodón. Para que no se le rompieran. Para que no se las rompieran". Genial entrada :)

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  2. @Kailer: Muchísimas gracias. Entrar al blog y ver comentario así me alegra el día :)

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  3. Me ha encantado :), enhorabuena de nuevo.

    "El resto de la semana la rutina ejercía de opio para el raciocinio"
    Es magnífica y lo peor de todo, puede llegar a resultar real.

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